Título del trabajo: “Autismo, epilepsia y enfermedad mitocondrial: puntos de encuentro”
Autor: Juan José García Peñas
Institución / Centro de trabajo: Sección de Neurología Pediátrica Hospital Infantil Universitario Niño Jesús Avenida Menéndez Pelayo-65 28009-Madrid
Dirección de Correspondencia: Juan José García Peñas Sección de Neurología Pediátrica Hospital Infantil Universitario Niño Jesús Avenida Menéndez Pelayo-65 28009-Madrid Fax: 915744669 E-mail: jgarciape.hnjs@salud.madrid.org
Síndrome Autista: Los
trastornos generalizados del desarrollo (TGD), también denominados
trastornos del espectro autista (TEA), incluyen un grupo
heterogéneo de procesos que comparten una alteración de la interacción
social recíproca y de los patrones de lenguaje verbal y no verbal, así
como la existencia de un repertorio restringido de actividades e
intereses. La frecuente asociación de autismo con otros signos de
disfunción neurológica como retraso mental (RM), epilepsia, hipotonía
y/o trastornos motores sugiere que el autismo es un trastorno
neurobiológico derivado de una disfunción cerebral de etiología
heterogénea. Sin embargo, en la actualidad, en tan sólo un
10-37% de los casos se encuentra una etiología médica bien definida
para el autismo. Este autismo secundario ha sido denominado también
autismo sindrómico y bajo este concepto unitario se engloban procesos
de muy diverso origen etiopatogénico, curso evolutivo y significado
pronóstico. Entre las distintas etiologías asociadas al
autismo (ver tabla I) se describen, entre otros, cuadros
genéticos, cromosómicos, sindrómicos, malformativos, neurocutáneos,
metabólicos, tumorales, endocrinológicos, inmunológicos e infecciosos.
En la última década, los grandes avances en el campo de la genética
molecular han permitido definir mejor la conexión del autismo con
diversos síndromes cromosómicos y no cromosómicos. Sin embargo, sigue
siendo aún muy difícil saber cuál es el auténtico peso específico de
las enfermedades metabólicas en la génesis del síndrome autista.
Regresión Autista: Hasta
un 20-40% de los niños con TGD / TEA experimentan una regresión precoz
de sus habilidades sociales y lingüísticas entre el primer y tercer año
de vida. En este grupo de niños con “regresión autista” es más
frecuente que podamos encontrar alguna de las etiologías implicadas en
el origen del autismo sindrómico. Así, entre estos pacientes se
encuentran etiologías médicas definidas asociadas al autismo hasta en
un 30-65% de los casos, incluyendo procesos etiopatogénicos diversos
como cromosomopatías (inversión-duplicación del cromosoma 15),
metabolopatías (enfermedades mitocondriales, déficit de creatina
cerebral), trastornos neurocutáneos (esclerosis tuberosa) y síndromes
epilépticos diversos (síndrome de West, epilepsias mioclónicas
progresivas).
Autismo y epilepsia: Entre
un 5-40% de los niños con autismo desarrollan epilepsia durante su
evolución. Esta alta incidencia de epilepsia entre la población autista
parece seguir una distribución bimodal con un primer pico entre los 1-5
años de edad y un segundo pico entre la edad prepuberal y la
adolescencia (mayores de 10 años). En el grupo de niños autistas sin
signos neurológicos asociados como retraso mental (RM) o parálisis
cerebral infantil (PCI), el riesgo de epilepsia es bajo, con cifras en
torno a un 2% hasta los 5 años de vida y de un 8% si consideramos hasta
los 10 años de edad. Si analizamos pacientes autistas con RM grave, la
probabilidad de desarrollar epilepsia es del 7% al año de edad,
del 16% a los 5 años y del 27% a los 10 años. Por otra parte, en el
grupo de niños autistas con patología comórbida que asocie RM y PCI, el
riesgo de epilepsia es de un 20% en el primer año, de un 35% a los 5
años y de un 67% a los 10 años. Independientemente de la asociación con
determinadas edades y la presencia o no de signos asociados de
disfunción neurológica, el factor que más incrementa el riesgo de
epilepsia en niños autistas es la asociación con determinadas
etiologías como cromosomopatías, facomatosis y metabolopatías
congénitas.
Autismo y metabolopatías congénitas: Las
metabolopatías congénitas son una causa infrecuente de autismo
sindrómico (menos del 5% de los casos), principalmente rara en aquellos
casos que cursan sólo con semiología autista aislada. Sin embargo,
debemos tener en cuenta este diagnóstico en aquellos síndromes autistas
asociados a semiología de regresión autista y signos neurológicos
diversos como RM, hipotonía, PCI, movimientos anormales y/o epilepsia;
o bien cuando se añaden signos de afectación sistémica. En la gran
mayoría de los casos, los signos neurológicos y sistémicos suelen
preceder al desarrollo de la semiología autista. Por otra parte, el
curso de estos procesos como auténticas encefalopatías progresivas
suelen desfigurar el componente autista en el contexto de un deterioro
neurológico generalizado. En la tabla II, se reseñan las distintas
metabolopatías congénitas asociadas con el autismo sindrómico.
Periódicamente, se ha insistido en la importancia de determinadas
enfermedades metabólicas en la etiología del autismo, sugiriéndose la
necesidad de realizar amplios y costosos diagnósticos diferenciales
metabólicos incluyendo pruebas como aminoácidos, ácidos orgánicos,
purinas y pirimidinas, estudios de función mitocondrial,
neurotransmisores en LCR, mucopolisacáridos, estudios del metabolismo y
transporte de la creatina, etc. Entre las diversas metabolopatías
congénitas asociadas al autismo se ha especulado durante los últimos 20
años con el papel de las enfermedades mitocondriales como explicación
plausible de un trastorno neurobiológico generalizado derivado de una
disfunción del metabolismo energético oxidativo que se expresaría con
diversas combinaciones de signos neurológicos y sistémicos.
Autismo, epilepsia y enfermedad mitocondrial: ¿Un subgrupo específico? De
toda la información acumulada sobre la conexión entre autismo,
epilepsia y enfermedad mitocondrial, podemos concluir que la asociación
autismo-enfermedad mitocondrial es algo infrecuente y casi anecdótico
en los niños con autismo aislado pero que debe considerarse como
posibilidad diagnóstica en aquellos niños autistas con epilepsia
(principalmente, en el subgrupo con regresión autista). Esta asociación
se muestra con más claridad en los niños con autismo, epilepsia y
signos de disfunción neurológica como RM, hipotonía, movimientos
anormales, PCI y/o hipoacusia neurosensorial. Estos pacientes presentan
con relativa frecuencia datos de semiología sistémica, incluyendo:
rasgos dismórficos, trastornos digestivos (malnutrición, vómitos
cíclicos), alteraciones oculares (cataratas, oftalmoplejía,
alteraciones retinianas), anomalías endocrinológicas (talla baja,
alteración del control glucémico, disfunción tiroidea), alteraciones
renales (síndrome nefrótico, acidosis tubular renal), osteopenia,
signos de miocardiopatía (insuficiencia cardiaca, arritmias), accesos
de hiperventilación, etc. Sin embargo, debemos ser muy cautos a la
hora de pensar que las anomalías mitocondriales pueden ser la etiología
inequívoca de estos pacientes con el binomio autismo-epilepsia. Esta
reflexión proviene de la observación de una alta tasa de falsos
positivos y falsos negativos en el estudio de disfunción mitocondrial
en niños con autismo. La primera consideración sobre los falsos
positivos deriva de la alta tasa de acidosis láctica que se encuentra
en niños autistas. En muchos casos, este aumento de lactato en sangre
se debe tan sólo a un problema a la hora de realizar la extracción de
sangre, dado que son pacientes que no colaboran y en los que suele ser
necesario utilizar un torniquete o manguito para identificar las venas,
con lo cual el estasis de sangre venosa y la hemólisis elevan
llamativamente las cifras de lactato en sangre venosa. Para evitar
esto, es recomendable repetir las extracciones de sangre sin realizar
compresión venosa, utilizando fundamentalmente un acceso venoso de
calibre adecuado tipo “Abbocath” o similar. En casos dudosos, puede ser
útil realizar determinaciones periódicas de lactato y piruvato tras
practicar una sobrecarga de glucosa oral para confirmar un trastorno
del metabolismo lactato-piruvato de origen mitocondrial. Otro indicador
de ayuda en estos casos dudosos es el cálculo del cociente
lactato/piruvato en sangre que se encuentra habitualmente elevado en
las alteraciones de la cadena redox mitocondrial. También puede ser
útil determinar la alanina en sangre dado que este aminoácido se
encuentra frecuentemente elevado en las acidosis lácticas de origen
mitocondrial. Por otra parte, si pensamos que la asociación
autismo-epilepsia deriva de una encefalopatía mitocondrial, será
importante comprobar que, aparte de un aumento de las cifras de lactato
en sangre, existe un aumento de lactato en LCR. Con respecto a
la determinación de las actividades enzimáticas de los complejos de la
cadena respiratoria mitocondrial (CRM) en la biopsia muscular, es
importante reseñar que estas enzimas son muy sensibles a como se
procesa la muestra, a que temperatura se almacena, como se realiza el
homogeneizado de tejido muscular y, lo que es más importante, que tipo
de técnica usamos para medir los complejos. Además, debemos recordar
que existen unas variaciones edad-dependientes en las cifras de las
actividades enzimáticas de los distintos complejos de la CRM y también
es fundamental conocer cuál es el porcentaje de descenso de actividad
de los distintos complejos de la CRM en cada paciente en concreto antes
de etiquetarlo como deficiencia enzimática bien definida. En esta misma
línea, es fundamental conocer que algunos fármacos antiepilépticos como
el valproato pueden disminuir la actividad de los complejos de la CRM
(principalmente, complejo IV) y darnos falsos positivos de disfunción
enzimática mitocondrial. Por otra parte, el hecho de identificar una
alteración de la CRM no implica necesariamente una aberración del
DNA-mt dado que varios de los trastornos mitocondriales se deben a
mutaciones de genes del genoma nuclear. Con respecto a los
estudios sobre mutaciones de DNA-mt en estos pacientes es fundamental
realizar una adecuada correlación con los antecedentes familiares del
probando antes de pensar que a una determinada mutación de presentación
familiar se le pueda atribuir un claro valor patógeno. Es muy
importante analizar si encontramos esa misma mutación en la madre y/o
los hermanos del probando y conocer si éstos presentan algún tipo de
clínica neurológica, psiquiátrica y/o sistémica.
Conclusiones: A
pesar de todas las limitaciones analíticas, bioquímicas,
ultraestructurales, histoquímicas y genéticas que condicionan el
diagnóstico definitivo de enfermedad mitocondrial en la infancia,
debemos considerar esta patología en el diagnóstico diferencial del
autismo sindrómico. La etiología mitocondrial se debe tener en
cuenta especialmente en aquellos niños autistas con epilepsia de debut
precoz y, sobre todo, en los casos con regresión autista. Consideraremos
realizar un estudio de enfermedad mitocondrial en aquellos casos de
autismo sindrómico que asocien signos neurológicos diversos como
hipotonía, ataxia, movimientos anormales, espasticidad, atrofia óptica
y/o hipoacusia neurosensorial; o bien en los casos asociados a
disfunción sistémica con afectación cardiaca, digestiva, respiratoria,
renal, endocrinológica y/o ocular. Debemos ser precavidos a la
hora de interpretar una posible acidosis láctica en un niño autista y
ante todo trataremos de confirmar el valor etiopatogénico de dicha
alteración antes de ordenar costosas pesquisas bioquímicas o genéticas. En
los casos en que confirmemos un perfil bioquímico sugerente de acidosis
láctica de origen mitocondrial realizaremos estudios
ultraestructurales, histoquímicos, enzimáticos y genéticos para definir
el tipo de alteración de la función mitocondrial. La mera
identificación de alteraciones ultraestructurales mitocondriales, de un
déficit de complejos enzimáticos de la CRM y/o de una mutación del
DNA-mt no debe condicionar un diagnóstico inequívoco de enfermedad
mitocondrial en los niños autistas. Es fundamental integrar la
información aportada por los antecedentes familiares y la semiología
clínica con los hallazgos de la analítica, la biopsia y la genética
para considerar que una deficiencia enzimática o una determinada
mutación tengan un claro valor patogénico. Una mejor correlación
entre el fenotipo y el genotipo de las enfermedades mitocondriales en
los niños autistas puede ser de gran ayuda a la hora de tener un mejor
conocimiento de los genes implicados en el autismo y de la conexión
entre ellos.
TABLA I: ETIOLOGÍAS MÉDICAS ASOCIADAS CON EL AUTISMO
Factores prenatales:
- Formas
genéticas familiares: mutaciones de genes diversos como SPCH1,
HOXA1, WNT2, RAY1, EN2, RELN, GABRA3, UBE3A, ARX, MECP2.
- Cromosomopatías:
alteración de los autosomas (deleciones, trisomías), alteración de los
gonosomas (cromosoma X frágil, premutación SXF, mosaicismo XO).
- Formas
sindrómicas: acondroplasia, albinismo ocular, alcohol fetal, Apert,
Beuren-Williams, Bield-Bardet, Coffin-Siris, Cohen, Cornelia de Lange,
Cowden, asociación CHARGE, Duchenne, Gilles de la Tourette, Goldenhar,
Joubert, Laurence-Moon, Lujan-Fryns, Moebius, Myhre, Noonan, Orstavik,
Smith-Magenis, Sotos, Steinert congénito, Timothy, velocardiofacial.
- Facomatosis / Síndromes Neurocutáneos: esclerosis tuberosa, hipomelanosis de Ito, neurofibromatosis tipo I.
- Malformaciones
congénitas del SNC: anomalías de línea media cerebral, defectos de
migración neuronal, quistes aracnoideos, disgenesias del sistema
límbico, disgenesias del cerebelo, hidrocefalias malformativas.
- Infecciones
congénitas del SNC: rubéola, citomegalovirus, toxoplasmosis, sífilis,
herpesvirus (HSV1, HSV2 y HSV6), virus varicela-zóster, VIH.
- Embriofetopatías tóxicas: alcohol fetal, cocaína, plomo, talidomida, valproato.
- Tumores congénitos del SNC: tumores hemisféricos, hamartomas hipotalámicos, tumores de cerebelo.
- Metabolopatías congénitas:
- Aminoacidopatías
y acidurias orgánicas: grupo hiperfenilalaninemias, histidinemia,
enfermedad de la orina con olor a jarabe de arce, déficit de
biotinidasa, priridoxin-dependencia, acidemia isovalérica.
- Trastornos
de las purinas y pirimidinas: adenil-succinato-liasa,
inosinato-deshidrogenasa, hipoxantina-fosforibosil-transferasa,
fosforibosil-pirofosfato-sintetasa.
- Enfermedades
mitocondriales: deficiencia de carnitina, alteraciones en la oxidación
mitocondrial de los ácidos grasos, piruvato-deshidrogenasa,
piruvato-carboxilasa, alteración de complejos de la cadena redox,
mutaciones específicas de DNA mitocondrial, depleción de DNA
mitocondrial.
- Síndromes de glicoproteínas deficientes en carbohidratos (CDG).
- Trastornos
de los neurotransmisores: alteración del metabolismo de la serotonina,
alteraciones del sistema dopaminérgico, alteración del metabolismo de
las catecolaminas, alteración del sistema de las endorfinas.
- Déficit de creatina cerebral y déficit del transportador de creatina.
- Metabolismo del colesterol: síndrome de Smith-Lemli-Opitz.
- Enfermedades
de depósito: enfermedades lisosomales (mucopolisacaridosis tipo Hurler
y Sanfilippo), enfermedades peroxisomales tipo adrenoleucodistrofia
neonatal, ceroidolipofuscinosis (CLF I y CLF II), leucodistrofias
(leucodistrofia metacromática).
Factores perinatales:
- Prematuridad.
- Bajo peso al nacer (crecimiento intrauterino retardado: CIR).
- Encefalopatía hipóxico-isquémica.
- Encefalopatía bilirrubínica.
Factores postnatales:- Infecciones adquiridas del SNC: meningoencefalitis bacterianas, meningoencefalitis víricas.
- Epilepsias:
encefalopatías epilépticas (síndrome de West, síndrome de
Lennox-Gastaut, síndrome de Dravet, síndrome de Landau-Kleffner),
epilepsias mioclónicas.
- Patología adquirida del lóbulo
temporal: esclerosis mesial temporal, quistes aracnoideos de fosa
media, tumores de bajo grado, displasias corticales, epilepsia del
lóbulo temporal de inicio precoz, encefalitis por herpesvirus tipo
HSV-1.
- Tumores del SNC: lóbulo temporal, cerebelo, hipotálamo.
- Factores endocrinológicos: panhipopituitarismo, hipotiroidismo, insuficiencia suprarrenal, pubertad precoz.
- Factores inmunológicos: autoinmunidad, alteraciones del complemento.
- Factores nutricionales y digestivos: enfermedad celiaca, enfermedad inflamatoria intestinal.
- Factores tóxicos: plomo, hierro, mercurio, bismuto, aluminio, arsénico
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